Vie, 01 Jul 2022 06:40 AM

Yuki Saito y la importancia de hacer el intento

 

La ceremonia de retiro de Saito fue digna de un futuro miembro del Salón de la Fama

 

   La emotiva ceremonia de retiro que le realizaron ayer los Luchadores de Nippon Ham a Yuki Saito, un lanzador que nunca cumplió con las expectativas que se tenían de él, ilustra una de las moralejas fundamentales de la cultura japonesa: lo importante no es ganar o perder, sino hacer el intento.

 

   Saito saltó a la fama en la final del torneo Koshien 2006, cuando llevó al colegio Waseda Jitsugyo a ganar el primer campeonato de su historia con una extraordinaria actuación sobre el montículo que culminó con un ponche a Masahiro Tanaka.

 

   Su heróica actuación en esa cita (entre otras cosas, lanzó 4 juegos completos y realizó 553 lanzamientos en los últimos 4 días) y su costumbre de secarse el sudor de su frente con un pañuelo no sólo lo convirtieron en un ídolo nacional sino que también le ganaron el apodo de “El príncipe del pañuelo”.

 

   Su fama alcanzó un nivel tan alto que se especuló que podría optar por participar en el Draft de la NPB ese mismo año para saltar de inmediato a la profesionalidad, pero él mismo disipó las dudas en una abarrotada rueda de prensa en la que declaró que iría primero a la universidad.

 

   Luego de disfrutar de una exitosa carrera universitaria de 4 años, finalmente decidió participar en el Draft 2010 de la NPB y 4 conjuntos lo seleccionaron en la primera ronda: Golondrinas de Yakult, Marinos de Lotte, Halcones de SoftBank y Nippon Ham, que al final ganó el sorteo y lo firmó.

 

   Desde el mismo primer día de los entrenamientos primaverales de 2011, los medios locales lo comenzaron a seguir en cantidades industriales, al punto de que cada uno de sus movimientos fue reseñado por televisión, radio y todo tipo de medios impresos en todas partes del país.

 

La carrera profesional de Saito fue decepcionante desde el principio

 

   Se desconoce si esa excesiva atención mediática tuvo algún tipo de efecto negativo en él, o si su brazo simplemente cedió al desgaste desmesurado al que fue sometido hasta ese momento, pero el hecho es que a partir de entonces su carrera comenzó un declive que nunca más se detuvo.

 

   Terminó la temporada 2011 con una respetable marca de 6-6 y una buena efectividad de 2.69 en 19 aperturas, pero al año siguiente esos números cayeron a 5-8 y 3.98, respectivamente, y nunca más pudieron recuperarse.

 

   A partir de 2013, lo mejor que pudo hacer fue aparecer en 12 juegos en una misma campaña (2015) y sólo fue abridor en 7 de ellos. Es más, en 2013, 2014, 2017 y 2018 sólo apareció en un máximo de 6 encuentros por año con el equipo mayor de Nippon Ham.

 

   En 2020 ni siquiera vio acción a ese nivel y este año tampoco estaba planeado que lo hiciera, hasta que decidió anunciar su retiro y el club lo promovió para permitirle enfrentar a un último bateador y despedirlo con una ceremonia especial.

 

   La interrogante lógica en todo esto es, ¿por qué molestarse en homenajear a un lanzador que nunca realizó nada importante con el equipo y cuya fama depende única y exclusivamente de lo que hizo en el torneo Koshien de 2006?

 

   ¿Cómo es posible, además, que haya durado 11 temporadas con la organización a pesar de que pasó la mayor parte del tiempo en el conjunto filial y no con el primer equipo? Está claro que en las Grandes Ligas lo hubiesen dejado en libertad hace tiempo.

 

En Japón lo más importante es el esfuerzo, no el resultado

 

   La respuesta a esas interrogantes es muy sencilla: en Japón se valora más el esfuerzo que el resultado. No siempre se puede ganar en la vida (de hecho, lo más común es perder), por lo que al final lo más importante es simplemente haberlo intentado.

 

   Esa es la razón por la que vemos a los jugadores japoneses trabajar tan duro en las prácticas previas a los juegos, al punto de que se esfuerzan más en ellas que en el partido como tal. Después de todo, lo fundamental es dejar el corazón sobre el terreno, independientemente del resultado final.

 

   Como ya lo mencionamos, el club hubiese podido, fácilmente, dejarlo en libertad después de 3 o 4 años, pero esa no es la filosofía de las organizaciones japonesas, que por lo general ofrecen trabajo de por vida a cambio de la lealtad absoluta de sus empleados, sin importar sus rendimientos.

 

   Al mismo tiempo, Saito hubiese podido darse por vencido después de 3 o 4 decepcionantes temporadas, pero esa tampoco es la filosofía de los trabajadores nipones, que se sienten en deuda por la oportunidad recibida y saben que la única manera de pagarla es con esfuerzo constante.

 

Saito nunca se dio por vencido, a pesar de su decepcionante actuación

 

   Es posible que también haya influido el deseo personal de probarse a sí mismo y de no querer tirar la toalla, pero al final la clave de todo está en el simple hecho de hacer el intento, que es una de las virtudes más valoradas de la cultura local.

 

   Para los japoneses existe una gran belleza en las causas perdidas. El ver a un ser humano luchar con todas sus fuerzas en una batalla que ya se sabe que está perdida despierta en ellos una gran admiración debido al paralelismo que eso representa con la vida misma.

 

   Los famosos pilotos kamikaze de la Segunda Guerra Mundial ya sabían que Japón había perdido al momento de inventar y ejecutar sus vuelos suicidas, pero aún así decidieron llevarlos a cabo como la manera más honorable de caer derrotados.

 

   Es por eso que Nippon Ham planificó y ejecutó con tanto esfuerzo la ceremonia de retiro de Saito, que hubiese sido digna de un futuro miembro del Salón de la Fama del béisbol japonés, en lugar de un lanzador cuyos resultados sobre el terreno fueron decepcionantes por 11 años consecutivos.

 

   La ceremonia comenzó con un breve resumen en video de su carrera con el club, desde el día que fue presentado como nuevo jugador del mismo hasta su última aparición sobre el montículo, que ocurrió ayer mismo.

 

La entrega de arreglos florales es típica en este tipo de ceremonias

 

   Como es costumbre en este tipo de eventos, varios compañeros de equipo le ofrecieron distintos arreglos florales, justo antes de que apareciera un nuevo video en la pantalla gigante del parque con emotivos mensajes de felicitación y de despedida dedicados a él.

 

   El primero en aparecer fue su actual manager, Hideki Kuriyama, seguido del manager anterior de la franquicia, Masataka Nashida, y del legendario Sadaharu Oh, quien colaboró con la firma del joven lanzador con la organización.

 

   Poco después, él mismo ofreció unas palabras a los fanáticos presentes en las que explicó que no pudo dejar ninguno de los récords que le hubiese gustado dejar, pero que al mismo tiempo estaba profundamente agradecido por todo el apoyo que recibió hasta el final.

 

   Sus compañeros de equipo saltaron entonces al terreno para realizar el tradicional doage, que es la costumbre que tienen los conjuntos japoneses de lanzar a un jugador o manager al aire varias veces para celebrar un título o el final de una carrera.

 

Saito se despidió con una vuelta olímpica por el Sapporo Dome

 

   Todo eso fue seguido por una especie de vuelta olímpica en la que saludó a todos los fanáticos presentes en el estadio y estrechó manos o abrazó a cada uno de sus compañeros de equipo, los coaches y el manager.

 

   Si bien esto puso el punto y final a su carrera como pelotero, eso no significa que su futuro no continuará ligado al béisbol o que su seguridad laboral está en peligro. Su fama ya es suficiente para asegurarle todo tipo de oportunidades laborales, incluyendo con los medios de comunicación.

 

   En el peor de los casos, la compañía Nippon Ham, dueña del equipo, seguramente le ofrecerá un trabajo en alguna de sus oficinas para que éste pueda mantenerse en el futuro.

 

   Puede que esto sea difícil de comprender para los conjuntos occidentales, donde los peloteros son despedidos a diestra y siniestra y donde todo aquel que no sea campeón es considerado como perdedor, pero afortunadamente así no es que funcionan las cosas en Japón.

 

   Allá, el esfuerzo vale más que el resultado y el luchar contra la adversidad, incluso cuando se sabe que no se puede ganar, es una de las mayores virtudes que puede tener un ser humano.

 

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